Gualdo Cattaneo y el Castillo de los Borgia.

Os hablo desde esta pequeña y bellísima localidad medieval, a la que el rigor de los siglos no le han hecho perder ni un ápice de su carácter épico, del que sobresale la fuerza y la dignidad que se intuyen en la distancia, antes de atravesar las poderosas murallas que la circundan. A partir de ahí, el resonar de nuestros pasos en sus suelos de piedra, no son otra cosa más que la dichosa confirmación de que lo que habíamos intuido se corresponde con una realidad incólume desde la Alta Edad Media. Lejos de haberla desfigurado, su larguísima andadura por la historia ha añadido una patina de serenidad señorial al porte fiero y hierático que la distinguío durante toda la Edad Media.

Gualdo Cattaneo, con una población de unos 6.000 habitantes, está a 446 metros de altura sobre el nivel del mar. Situada en el centro de Umbría, entre el Valle del Tíber y el área territorial de Spoleto, en una zona repleta de colinas ondulantes, se encuentra al sureste de la ciudad de Foligno y al noreste de la de Spoleto, así como a unos 45 Km. de Perugia, a cuya provincia pertenece.
Por lo que he sabido, su fundación como ciudad fortificada data del último tercio del siglo X, por parte del Conde Edoardo Cattaneo, caballero de Otón II de Sajonia “El Sanguinario”, Rey de Alemania y Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, quien en pago de sus servicios se la concedió como feudo.

Si bien está documentado que la ciudadela, en esa época, estaba rodeada de bosques (de ahí el nombre de “Gualdo”, que deriva del alemán wald: selva), hoy en dia, su área está fundamentalmente inmersa en olivares, lo que la convierte en una de las principales productoras de aceite de oliva virgen extra de Umbría. Además, Gualdo Cattaneo esta incluida en la Strada del Sagrantino”, una de las rutas de vino más célebres de la región.
A consecuencia de su importante posición estratégica, la ciudadela fue protagonista de múltiples y encarnizadas batallas y asedios, fruto del enorme interés que tanto el Ducado de Spoleto, como el Señorío de Foligno, tenían en hacerse con esa plaza fuerte que dominaba desde la altura sus respectivos territorios.
En el útimo tercio del siglo XI, se alió con Spoleto, pero un siglo más tarde, en 1177, el Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, Federico I de Hohenstaufen, más conocido como “Barbarroja”, asignó su dominio a Foligno. Después volvió a pasar a poder de Spoleto hasta que la poderosa familia Trinci, señores de Foligno, la adquieron. En 1439, se integró en los Estados Pontificios, pero, a finales de ese siglo, Rodrigo Borgia, ya por entonces Papa Alejandro VI, concedió su administración, otra vez, a la ciudad de Foligno, que reforzó y amplió sus fortificaciones mediante la construcción de la imponente “Rocca dei Borgia”: El Castillo de los Borgia. En 1816, pasó nuevamente a pertenecer a los Estados Pontificios, donde permaneció hasta 1860, cuando se produjo la unidad de Italia.

El Castillo de los Borgia es, en cuanto a monumentos de Gualdo Cattaneo, el buque insignia de la ciudadela. La fortaleza ejerce un dominio arquitectónico absoluto en sus intramuros. Se empezó a construir en 1494 y su diseño se corresponde fielmente con el concepto de grandiosa edificación defensiva de la época. Su forma es la de triangulo equilatero, con sendos torreones almenados, cilíndricos y de gran altura en cada ángulo, comunicados entre sí por medio de pasadizos subterráneos. Para que os hágais una idea, os comento que el torreón mayor tiene por base una circunferencia de 80 metros y una altura de 20 metros.

Podría decirse, sin exageración alguna, que se trata de una fortaleza inexpugnable y de ello da fe la historia, pues ningún feudo adversario consiguió jamás hacerse con ella; ni siquiera la poderosa y enemiga Perugia que, en 1521, envió un ejército entero, al mando del célebre capitán de ventura Camillo Orsini, Príncipe de Amatrice y Marqués de Atripalda y Montefredane, para someterla a sus dominios. Además, la fortaleza estaba perfectamente preparada para resistir cualquier asedio, por largo que fuera, por lo que su entonces comandante, Crispoldi da Foligno, y toda su guarnición defendieron la fortaleza y resistieron con entereza el sitio al que les habían sometido los perusinos, impidiendo que ni uno solo de los soldados enemigos entrara en ella.
El Castillo de los Borgia (todavía se le nombra así) hospedó a ilustres personajes que pasaban por Gualdo Cattaneo en sus viajes por la Italia de entonces. El más insigne para la historia fue, sin duda, Galileo Galilei que, en 1624, estuvo residiendo ahí unos días.
Lógicamente, a lo largo de su historia el Castillo se ha tenido que restaurar en distintas ocasiones, pues ni los intentos de conquista ni el tiempo perdona, pero cabe decir que, habida cuenta de la enorme solidez de la estructura, se ha tratado siempre de restauraciones parciales. La última de ellas se llevó a cabo en 1955, sin alterar en ningún caso el aspecto original.

De gran interés monumental y belleza son, también, el Palazzo Comunale; la Iglesia de San Agustín; la Iglesia de San Antonio y San Antonino, en la que están enterrados los santos que dan nombre a la misma, y la Iglesia de San Andrés. Todos ellos datan de entre los siglos XII y XIII, y conservan en su interior obras de arte magníficas, tanto de la Edad Media tardía como del Renacimiento. Por lo demás, todo Gualdo Cattaneo es en sí mismo un monumento: desde cualquiera de sus callecitas empinadas hasta las viviendas mediavales más sencillas. Tampoco es una excepción en la zona en cuanto a arquitectura militar relevante, pues hay un montón de pueblos cercanos que albergan castillos, torres y fortalezas preciosas y de gran interés arquitectónico e histórico como, por ejemplo, Pozzo, Cisterna, Marcellano, Saragano, Barattano, Torri, San Terenziano y Grutti.

En el ambiente de poema épico que caracteriza a Gualdo Cattaneo, os encontraréis con varios restaurantes y pizzerías, en las que se come muy bien, pero yo os aconsejo que os paréis a comer o a cenar en el Restaurante “Le Noci”, en Via Torino, 6. Este restaurante goza de mención en el “Gambero Rosso”, que, digamos, que es el equivalente gastronómico de Italia a la Guía Michelin. El restaurante es muy bonito, el ambiente es muy cordial y el servicio, casi todo compuesto por mujeres, es espléndido. Cuenta con un jardín precioso para comer cuando haga buen tiempo. Digo “haga”, porque ahora, en pleno invierno, está lloviendo y hace bastante frio por aquí, teniendo en cuenta, por otra parte, que estamos casi a 500 metros de altura. La comida que ofrecen en “Le Noci” es la tradicional del lugar, basadas en sopas riquísimas, menestras de verduras y legumbres, pastas hechas a mano y unas carnes, tanto de caza como de ternera, buey o cordero, tiernísimas y muy sabrosas. Este restaurante tiene una bodega estupenda, provista de vinos producidos por sus propietarios. Además, también la exquisita variedad de aceite de oliva virgen con la que condimentan sus guisos, distintos entre sí, dependiendo del plato que sea, es de producción propia.
Os sugiero que probéis los “strangozzi” (una pasta casera típica de Umbría) con salsa de hierbas del bosque o los “gnocchi” con setas, y de segundo (si todavía os queda hueco en el estomágo…) el rollo de cordero lechal asado con hinojos ¡Está para chuparse los dedos!.
La cuenta os puede salir por unos 30 €. por persona como mucho y si compartís el segundo o el postre, bastante menos. A mis amigos y a mí nos ha encantado.

Sylvia

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