Massa Martana: clasificada entre los pueblos más bonitos de Italia.

Esta ciudadela, situada a unos 35 Km. al oeste de Spoleto, y a unos 62 Km. al sur de Perugia, a cuya provincia pertenece, está incluída oficialmente entre “I Borghi più belli d’Italia” (“Los pueblos más bonitos de Italia) y, verdaderamente, no es para menos.
Asimismo, la ciudadela forma parte de las “Città dell’Olio” (“Las ciudades productoras de aceite”) por la alta calidad del aceite de oliva virgen extra que se produce en su área, los Dop “Colli Martani”, siendo también famosa por sus prestigiosos vinos, los Doc “Colli Martani”.

Massa Martana está enmarcada por la cordillera de los Montes Martani, y la especial belleza de la zona en la que se alza la localidad, a más de 350 metros de altura sobre el nivel del mar, está constituida por el gran número de bosques, de densa vegetación mediterránea, que pueblan sus inmediaciones.

Se trata de una pequeña ciudad medieval amurallada, con una población de algo más de 3.500 habitantes, espléndidamente conservada, gracias al tradicional empeño de sus ciudadanos por mantener su historia y su arte, a través del muy notable legado arquitectónico del que es depositaria desde los tiempos de la antigua Roma. Ese enorme sentido de la responsabilidad y del respeto por la tierra que les vió nacer, propio de la sensibilidad y de la buena formación de la mayoría de los pueblos que conforman la actual Italia, con independencia de sus orígenes -campesinos, en este caso- y de los desastres causados por la naturaleza – aquí, los terremotos- o por el enemigo más temible del hombre: el ansia de poder de los estados que fueron, de los que son y, si Dios no lo remedia, de los que serán, que culmina con el horror de las guerras y sus terribles e impredecibles consecuencias.
Massa Martana ha padecido a lo largo de su milenaria historia tanto la frecuente violencia del hombre sobre el hombre como, ocasionalmente, la furia de la naturaleza (el útimo terremoto fue en 1997) y, no obstante, pagando el precio que fuera, se ha esmerado por conservarse digna y hermosa, por ser una ciudad de porte distinguido: entrando siempre por la puerta principal de Umbría y de Italia, con la cabeza bien alta.

Lo conocido actualmente sobre la historia de Massa Martana, comienza en el siglo II a.C, con el primer asentamiento militar romano, a consecuencia de la construcción de la Vía Flaminia, en su tramo entre las localidades de Narni y de Bevagna, época en la que se construyen edificaciones para el alojamiento de las guarniciones destacadas en los distintos puntos de la Via Flaminia, además de otras de uso civil para viajeros y comerciantes, fundamentalmente, hospederías. A ese pequeño burgo se le da el nombre de Vicus Martis.
Entre los numerosos hallazgos de esa época, pasando por objetos artísticos, estatuas de mármol y magníficos sárcofagos, despierta un gran interés histórico la gran cantidad de monedas que se han encontrado con las efigies de los emperadores Trajano, Adriano, Antonino Pío y Septimio Severo, lo que hace pensar que la aldea gozaba de una economía importante en relación con sus reducida dimensión.
Entre los siglos III y IV d.C., a causa de la expansión del burgo original, documentada por la aparición de una notable red de catacumbas y por los restos de un puente, el célebre Ponte Fonnaia, que datan de esos siglos, pasa a llamarse Civitas Martana.

El fervor por la fe cristiana tuvo que ser muy notable entre los siglos I y V d.C., no solo por el testimonio tardío que de ello dan las catacumbas que se han descubierto, sino por los distintos santos que residieron en la localidad en esos siglos: San Bricio, San Félix (patrón de la ciudad), San Fidencio, San Terencio, San Faustino, Santa Iluminada, San Mauro y San Lorenzo, y que me perdonen desde las alturas los santos y mártires cuyos nombres, sin querer, haya podido excluir.

En el siglo VI, pasa a formar parte del Ducado de Spoleto, pero, desgraciadamente, en el curso de las guerras entre los Godos y los Longobardos (siglos VII y VIII) la ciudadela, que ya contaba con un notable castillo, queda prácticamente destruida.
En el siglo X, Massa se convierte en feudo de la poderosa familia de los Arnolfi, quienes reconstruirán el castillo y las murallas de la ciudad. A partir de finales del siglo XI, la ciudad pasa a ser feudo de una rama de la anterior familia, los Bonaccorsi Fonzi, quienes erigieron en la cima de los Montes Martani una fortaleza impresionante para la época.
A principios del siglo XIV, los guibelinos de la ciudad de Todi someten a Massa a un largo asedio, al que ponen fin la ciudad de Perugia (güelfa) por indicación expresa del Papa Benedicto XI. A finales de ese siglo, la ciudad pasa a ser un protectorado del Vaticano, pero, unos años después, el Papa Bonifacio IX vuelve a entregársela a la ciudad de Todi (está claro que consideraba insuficientes a los numerosos santos y martires que habían dado su vida por la fe en Massa…).
Esa misma suerte de ida y vuelta del Vaticano a Todi se la hicieron correr a Massa todos los papas sucesivos, hasta que Pío V, en 1565, pagó la suma de 11.000 escudos de oro para rescatarla del poder de Todi, donde había caído por enésima vez.
Por fin libres de su condición de moneda de cambio entre los unos y los otros, durante los siglos en los que sucedieron las compraventas, los saqueos y las luchas encarnizadas por poseer la ciudadela, pero temerosos, al mismo tiempo, de que esa libertad, por falta de protección, se desvaneciera tal y como había llegado, la ciudad opta por dejarse tutelar a perpetuidad por el Colegio Cardenalicio, que, lógicamente, acepta encantado, permitiendo que, en 1572, Massa redacte, previa supervisión…, sus propios estatutos. La codiciada ciudadela pasa por un larguísimo y apacible estado de tierna infancia del que se despertará, muy alterada, casi tres siglos después, cuando la unidad de Italia entra invicta por las puertas chicas, medianas o grandes que fueran, de toda la península y sus correspondientes islas.

La bellísima ciudadela, que, a grandes rasgos, parece un egregio Nacimiento de la Edad Media, protegido por murallas y torreones del siglo XIII, conserva su delicioso trazado original con callecitas estrechas con escaleras para acceder a las casas y a los palacios; de plazas y plazuelas encantadoras, repletas de monumentos, fundamentalmente religiosos, para el culto de sus múltiples santos y mártires cristianos de la antigua Roma.
Podría decirse que en esta pequeña localidad y en sus inmediaciones cada uno de sus santos goza de fervorosa e independiente memoria a través de la iglesia que, en su momento, se erigió en su nombre.
Es díficil saber de qué época datan sus construcciones originales, pues como ya os he comentado anteriormente, la ciudadela fue, hasta el siglo XVI, objeto de tantos estragos que la mayoría de ellas tuvieron que reconstruirse sobre las ruinas de las anteriores, pero en líneas generales, las que podemos ver actualmente proceden de entre los siglos XIII y XVI, con independencia de las restauraciones o reconstrucciones parciales de las que hayan sido objeto posteriormente.
Las más notables, tanto desde el punto de vista arquitectónico como por las espléndidas obras de arte que albergan son: La Iglesia de Santa Maria delle Grazie, la Iglesia de Santa Maria in Pantano, la Abadía de San Fidenzio y San Terenzio, la Abadía de San Faustino y la Iglesia de Santa Illuminata, situadas en las inmediaciones de la ciudadela y enmarcadas en una naturaleza espectacular.

Justo extramuros nos encontramos con la Iglesia de Santa Maria della Pace, renacentista, de planta octogonal, coronada por una cúpula alta e inmensa, hermosamente afrescada en el XVII.
A la plaza principal de Massa se asoma la Iglesia Parroquial de San Felice, patrono de la ciudad, parcialmente reconstruída tras los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial que, también, se cebaron con esta insigne ciudadela. La fachada es de estilo neoclásico, pero conserva un soberbio campanario barroco del siglo XVII. Es, sin duda, la más monumental de todas las iglesias de Massa, tanto por sus dimensiones como por su rica ornamentación interior. Consta de una sola y gran nave interior con techos de bóveda de cañón y una serie de arcos adosados a las paredes y sustentados por columnas grandes y sólidas. Entre otras obras de arte,
alberga un riquísimo Altar Mayor barróco en el que se encuentra un lienzo, obra del prestigioso pintor umbro del XVIII, Giacinto Boccanera da Leonessa, que representa a la Virgen rodeada por el Beato Ruggero, San Félix, Santa Rita y San Pío V.
La Iglesia de San Sebastián se alza en la calle mayor de Massa. Reconstruída a finales del siglo XVI, cuenta también con un soberbio Altar Mayor barroco de madera, flanqueado por dos estatuas, de madera policromada, que representan a San Juan Evangelista y a San Sebastián, de los siglos XVI y XVII, respectivamente. Sobre el Altar Mayor destaca un precioso estandarte de finales del XVI, obra del célebre pintor de Todi, Pietro Paolo Sensini, en cuyo anverso se representa a la Santísima Virgen con el Niño, coronada por los ángeles, entre San Félix y San Sebastían, mientras que en el reverso está representada la crucifixión de Nuestro Señor Jesucristo entre dos hermanos de la cofradía de San Sebastián.

Os podría seguir describiendo las iglesias de Massa Martana hasta el fin de los tiempos, pero… ¿qué os parece si os digo dónde podéis comer más que requetebién cuando vengáis por aquí?. Se trata del Ristorante-Pizzeria “Gallo Antico”, situado en Via XXV Aprile, 7.
Es un restaurante muy bonito y acogedor, decorado con mucho gusto, en el que sirven una pizzas sensacionales, hechas en horno de leña, y, además, está especializado en pescado, fresquísimo y muy bien preparado, lo que no es frecuente por estos lares del interior. Os aconsejo, también, que compartáis unos entrantes a base de los estupendos embutidos de la zona (el jamón y la “porchetta”, asado de cerdo en fiambre) y, si os queda sitio en el estomágo, después de la pizza o de un buen pescado, probad las sensacionales salchichas de Massa ¡No os imagináis cómo son de buenas!. ¿Los vinos?, pues los DOC de la zona, que os he comentado al principio de esta página.
Depende de lo que toméis, podéis salir por unos 25/35 € por persona, lo que está fenomenal para el sitio que es y para lo bueno y abundante que es todo.

Sylvia

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