Todi: Tres círculos de murallas defienden su belleza.

La impresionante ciudadela de Todi está situada al sur de Umbría, a 42 Km., en línea recta de Perugia. Por si venís desde Roma, os comento que en coche o en tren se tarda unos 90 minutos, más o menos. Todi, con una población de cerca de 17.000 habitantes, se encuentra en la cima de una colina, a 400 metros de altura, inmersa en el espectáculo natural que compone el Valle Medio del Tíber. Su área territorial es muy grande y está formada, fundamentalmente, por campos fértiles y prados extensos y plácidos, a los que asoman las delicadas colinas que plagan el valle, en cuyas laderas o cimas se alzan un sinfín de pueblecitos y de aldeas de características arquitectónicas medievales.

Todi es una joya de la Edad Media de referencia en Umbría y en el centro de Italia.

A la historia de su fundación, que data de cerca del año 2.700 a.C., de la mano de las primeras tribus etruscas asentadas en el territorio, los conocidos como Veii Umbri, acompaña una leyenda
singular que no se ha desprendido nunca de la ideosincrasia de Todi.
Se dice que dicha tribu, al mando de Túdero, había empezado ya a asentar, a orillas del Tíber, los cimientos del que habría tenido que ser el primer círculo de murallas de su futura ciudad, cuando descendió un águila y asió en sus garras el trozo de tela, que habían dispuesto en el suelo para colocar las viandas. El águila despreció las carnes y demás alimentos que cubrían la tela, pero alzó el vuelo con ella hasta la cima de la colina. Los etruscos lo consideraron como una señal de los dioses y se encaminaron hacia allá. Encontraron el trozo de tela y el nido de ese águila, y en el perímetro de la cumbre iniciaron la construcción del primer círculo de murallas de la ciudad. El emblema de la ciudad de Todi es, por consiguiente, un águila real con las alas desplegadas sujetando una tela con las garras.

Durante la civilización etrusca, el primer nombre que tuvo fue el de “Nidole”. Cuando, a partir del siglo VIII a.C., el pequeño asentamiento amurallado se integró en el territorio dominado por los etruscos, pasó a llamarse “Tútere”, que significa límite o frontera, ya que la urbe delimitaba las posesiones etruscas que estaban situadas en el márgen izquierdo del río Tiber, a su paso por Umbría.
No obstante la hermosa leyenda, el primer círculo de murallas etrusco, con tramos aún visibles, data de entre los siglos III y I a.C., lo que tampoco excluye del todo que anteriormente no se hubiera erigido otro, ya que en las inmediaciones de Todi se han hallado numerosos vestigios de la presencia del hombre en el área, a partir de la edad de piedra, entre los que sobresalen tumbas y restos de hábitats, indicativos de las respectivas épocas de procedencia.

De importancia capital, para la comprensión del grado de desarrollo y de riqueza que alcanzó Todi durante la civilización etrusca, es la impresionante estatua de bronce, de entre los siglos V y IV a.C., de 1,42 metros de altura, conocida como el “Marte de Todi“. La estatua se encontró, en 1835, sepultada junto a los muros del Convento de Montesanto, muy cerca de la ciudad. La estatua, que representa al dios Marte, portaba yelmo, además de una lanza en la mano izquierda que, desgraciadamente, se ha roto a causa del óxido, y una taza en forma de patera en la derecha. Las cuencas de los ojos estaban vacías, probablemente debido a algún expolio, si bien se sabe que los ojos originales estuvieron trabajados en plata. La estatua tuvo que estar sobre un pedestal, pues las plantas de los pies, cuando la encontraron, presentaban huellas del plomo. El “Marte de Todi” está actualmente conservado en los Museos del Vaticano.

Indepedientemente de su enorme valor y belleza, es de sumo interés la inscripción grabada en la parte inferior de la coraza que cubre el torso de la estatua: “Ahal Trutitis Dunum Dede”, lo que permite confirmar que los etruscos no solo mantenían una próspera actividad comercial con los celtas, sino que en el área territorial de Todi se asentó una comunidad celta lo suficientemente rica como para que aquel ciudadano, de nombre Ahal Trutitis, donara semejante estatua al templo dedicado a Ares (equivalente al Marte romano, la divinidad griega más venerada por los etruscos) que se encontraba en el mismo lugar en el que, en la Edad Media, se construyó el impresionante Convento de Montesanto, con todo el aspecto de una fortaleza militar, para defenderse de los asaltos de las distintas tropas enemigas, así como de la poderosa ciudad de Orvieto.

A partir del siglo III a.C. Todi (entonces Tútere) se alía con Roma. La importancia y la fuerza que adquieren la ciudad de Todi y su área territorial tras esa alianza llega a ser tan descomunal que, en el transcurso de la Segunda Guerra Púnica, Aníbal, y su hasta entonces imbatible ejército, a su paso por el centro de Italia, se desvían de las inmediaciones de Todi hasta hallar un lugar más seguro para acampar, que encontrarán, después de una larga y dura marcha, a orillas del Tíber.

Pocos años antes del inicio de la era cristiana, el Emperador Octavio Augusto donaría la ciudad de Tútere a sus fieles veteranos de guerra, en muestra de agradecimiento. Así fue como Tútere empezó a perder su identidad etrusca, terminando con la desaparición de esa civilización.
De la Todi romana quedan vestigios de la ampliación y de la consolidación de los muros defensivos, construídos en piedra travertina en el valle de gran profundidad, como si fuera una hondanada muy pronunciada, que separa los dos picos situados en la cima de la colina, conocido como “Valle delle Lucrezie”. En ese círculo de murallas se abrieron tres puertas majestuosas: “Libera”, Catena” y “Aurea”. Intramuros, los romanos construyeron del Anfiteatro, del Teatro, del Foro y del Mercado, con sus descomunales depósitos de agua, además de espléndidos templos dedicados a Júpiter, Minerva y Marte.

Tras la caída del Imperio Romano, los Longobardos saquean Todi, pero, afortunadamente, no consiguen llevarse las obras de arte más preciadas, ya que los ciudadanos, informados de los saqueos efectuados en las ciudades cercanas a manos de los Longobardos – me refiero a las localidades más afortunadas, ya que la mayoría fueron arrasadas- las habían ocultado en las tierras de los conventos benedictinos construidos en la zona.
A partir del advenimiento del Imperio Carolingio, Todi cae en un régimen de gobierno feudal, lo que da paso a la construcción de castillos imponentes cuyos poderosos baluartes siguen causando conmoción a los ojos de quienes visitan la ciudad.
Desde el siglo XII, la ciudadela de Todi, que ya había adquirido la categoría de municipio, se ve inmersa entre las luchas por el afán de expansión territorial y las consiguientes disputas por el poder protagonizadas por las ciudades de Spoleto y de Orvieto, guibelina la una y güelfa la otra, lo que obligará a ampliar y a reforzar, una vez más, la defensa de la ciudadela, dando lugar al tercer círculo de murallas, de unos 4 Km. de longitud, que terminaría de levantarse en 1244, y en el que, sucesivamente, se abrirían tres puertas fortificadas: “Romana”, “Amerina” y “Perugina”.

Algunas de las obras monumentales más importantes de Todi datan de entre los siglos XII y XIV, y se encuentran en la parte más antigua de la ciudadela (la de orígen etrusco y, después, romano) situada entre los dos picos que sobresalen de la cima de la colina: el Palazzo dei Priori (Palacio del Gobierno), el Palazzo del Capitano del Popolo (Palacio del Capitán del Pueblo), actualmente sede de un prestigioso museo que alberga una magnífica pinacoteca, además de distintas secciones dedicadas, respectivamente, a la arqueología, la numismástica, la cerámica y el tejido; la Catedral de Santa Maria Assunta y el Tempio di San Fortunato, imponente iglesia gótica, erigida en honor a ese santo que fue obispo de la ciudad y cuyos restos descasan en la cripta.

Como comprenderéis, la riqueza histórica y artística de Todi no se puede ni se debe resumir en una página, por lo que os prometo que mañana sigo con esta espléndida ciudadela del sur de Umbría que, por lo que he sabido, tras un estudio de carácter oficial realizado por sociólogos norteamericanos, ha sido considerada por su belleza, ambiente y perfecto estado de conservación como una de las ciudades más habitables de Europa.
Además, ahora me están esperando para cenar en una pizzeria de la que nos han hablado estupendamente. Por lo visto, sirven unos entrantes, unas pizzas y unas ensaladas buenísimas, y, además, nos han dicho que no es nada caro. Se llama “La Ruota” y está en Via Giuseppe Cocchi, 11.

¡Salgo disparada para allá, que es tardísimo!
Hasta mañana,

Sylvia

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