Amelia. Os presento a una gran dama.

Amelia ha sido una de las ciudades más importantes de la antigua civilización itálica, de la que conserva todas sus impresionantes huellas históricas. Hoy en día, sigue siendo una ciudad rica, magníficamente conservada, llena de interés artístico y cultural, favorecida por su excelente posición geográfica, al encontrarse a 94 Km. de Pe rugía, a poco más de 100 Km. de la colindante región de Toscana y a la misma distancia de Roma, con la cual mantuvo una estrecha vinculación en la antigüedad, de la que Cicerón alabó su hermosura y la fertilidad de sus tierras en su “Pro Roscio Amerino”, escrito hacia el año 80 a.C.
Amelia y su área territorial, formada por una serie de pueblos y de aldeas preciosas, pertenece geográficamente al Valle del Tíber y, administrativamente, a la provincia de Terni, la capital de provincia más sureña de Umbría, de la que está a 27 Km. de distancia.

De acuerdo con la documentación que Catón el Viejo legó para los anales de la historia de Roma, la primitiva localidad de Amelia, Ameria para los romanos, fue fundada hacia el año 1134 a.C., por Ameroe, rey de los piélagos, antigua población autóctona que residió en Grecia y Anatolia hasta el segundo milenio a.C., a raíz de las invasiones helénicas. Algunos geógrafos e historiadores que sostienen la existencia de la Atlántida, o Isla de Atlas, atribuyen a esa población autóctona el descubrimiento de la misma y la subsiguiente fundación.
Lo que resulta verdaderamente sorprendente es que casi 2.000 años después, el área territorial que Amelia domina desde las laderas de la colina rocosa en las que se erigió, siga estando tan incontaminada como entonces y, por tanto, no haya perdido un ápice de su fecundidad, manifestada en la extraordinaria abundancia de viñedos, olivares, bosques y campos cultivados que posee, bañados por las aguas mágicas del río Tiber.

Hoy me cabe el honor de presentárosla. Y me refiero solo a la presentación que habrá de preceder ese conocimiento detenido que nos permita admirarla como merece.
En Umbría, ninguna localidad es cualquier cosa. Hasta la más pequeña de ellas posee un patrimonio histórico, artístico y cultural como para encandilar al visitante más exigente, pero a Amelia hay que acercarse con una actitud reverencial particular : estamos ante una gran dama que sabe que las gentes emprenden largos viajes solo para conocerla , y como su exquisito saber estar nunca defrauda las expectativas de sus admiradores, ha accedido una vez más a franquearnos las puertas de su mansión para mostrarnos sus joyas, así como a dejarnos abrir los libros que nos permitirán ahondar en su vida.

Amelia conserva uno los círculos de murallas más antiguos de Occidente. Por su peculiar forma, se conocen como “Le Mura Poligonali” y su construcción la iniciaron los pre-etruscos allí asentados, hacia el siglo VII a.C., y la ampliaron y consolidaron los romanos hacia el siglo III a.C.
Se trata de unas murallas ciclópeas, de unos 3,5 metros de anchura, alcanzando los 8 metros de altura, y formadas por piedras enormes rectangulares y trapezoidales, perfectamente superpuestas. Lo anterior no solo da fe de la importancia que tenía Amelia en aquella época, sino, además, de su condición de ciudad- estado.
La parte más antigua de las murallas está situada al noroeste, donde se encuentra actualmente la Porta della Valle, una de las cuatro puertas de acceso a la antigua ciudadela. Sin embargo, el trayecto principal de las murallas, de más de 700 metros de longitud, se extiende a ambos lados de Porta Romana, al sureste de Amelia.
Las otras dos puertas de acceso que me faltan por enumeraros son: Porta Leone, al este, y Porta Posterola, al norte.

En el año 90 a.C., la ciudadela se convierte en municipio romano, cuya belleza alabaron también el gran Virgilio, Marco Terencio Varrón y Lucio Junio Moderato Columela, posiblemente el principal tratadista agrícola que tuvo Roma, nacido en Cádiz – ¡Qué gracia! ¿Verdad? – en fecha desconocida anterior a Cristo y fallecido en Taranto (Puglia, Italia) hacia el año 60 de nuestra era.
La ciudad llegó a tener tres puertos junto al navegable río Tíber y pasó a ser una de las residencias favoritas de la clase dominante romana, albergando por largas temporadas, entre otros, al Emperador Lucio Claudio Domicio Aureliano (270-275 d.C.), unificador del Imperio Romano, quien adoraba esta ciudad, por lo que por iniciativa suya se llevó a cabo gran parte de la arquitectura monumental de la Amelia romana: las famosas termas, palacios fabulosos y, además, un puente impresionante a las afueras.
En el año 363, Amelia se convierte en sede episcopal. Dos siglos después conocería el asedio de los Godos y, en el año 579, caería en poder de los Longobardos. Tras la derrota de los mismos se integraría en el Imperio Proto-Bizantino. Amelia preserva verdaderas joyas de la época romana, entre ellas destacan:
La impresionante cisterna hallada bajo la Piazza Matteotti, que está compuesta por diez estructuras comunicadas entre sí, con una extensión total de 21X 60 metros; la maravillosa estatua de bronce, de principios de nuestra era y de talla superior a la habitual, que representa a Julio César Germánico, sobrino del Emperador Tiberio y, después, adoptado como hijo. La estatua, referente de la escultura romana de la época y objeto de culto para los amantes de la arqueología, ocupa un lugar preferente en el magnífico Museo Arqueológico de Amelia, situado en el interior del Palazzo Boccarini; un Tesauro; un altar griego de mármol blanco con bajorrelieves, columnas y estatuas; un altar romano en piedra travertina, ornamentado con guirnaldas; los vestigios del que fuera el imponente mausoleo de una patricia llamada Gentiliana Roscia, además de 65 epígrafes.
Por otra parte, con ocasión de volver a pavimentar la céntrica Via della Repubblica, se hallaron los restos de distintos tramos de una vía romana. Actualmente, están protegidos por planchas de cristal transparente, de manera que se puedan contemplar detenidamente, según se pasea por esa hermosa calle.

Bueno, chicos, como os he dicho, con Amelia hay que ir por etapas. Os doy mi palabra de que mañana os saco de la Alta Edad Media, del dominio de ese “trepa” que dicen que fue Heráclito, Emperador de Bizancio, pocos años después de echar de aquí a los temibles Longobardos.

Hasta ahora,

Sylvia

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